—Estuve leyendo un día a un filósofo, sabes. Una vez seguí su consejo y resultó bien. Era más o menos esto: solamente cuando olvidamos todos nuestros conocimientos es cuando comenzamos a saber. Entonces pensé en ti, que no hablas una palabra de filosofía conmigo y cuando estamos juntos, eso es, cuando estamos juntos pareces un sabio que no quiere ser más sabio y hasta, sabes, hasta se permite el lujo de angustiarse disimuladamente como cualquiera de nosotros.
Ulises estaba atento, inmóvil. Lori continuó:
—Parece tan fácil a primera vista seguir consejos de alguien. Tus consejos, por ejemplo —ahora ella ya hablaba en serio—: tus consejos. Pero existe un gran obstáculo, el más grande, para que yo siga adelante: yo misma. He sido la mayor dificultad en mi camino. Es con enorme esfuerzo como consigo sobreponerme a mí misma.
Jamás había hablado tantas palabras seguidas. Por eso quería evitar lo principal. No obstante de repente notó que si no dijera el final nada habría dicho, y habló:
—Soy un monte infranqueable en mi propio camino. Pero a veces, con una palabra tuya o con una palabra leída, de repente todo se aclara.
Sí, todo se aclaraba y ella surgía de dentro de sí misma casi con esplendor.
—Sí —dijo Ulises—. Pero te engañas. Yo no doy consejos. Yo simplemente (yo) creo que lo que realmente hago es esperar. Esperar a que tal vez tú misma te aconsejes, no sé, Lori, te juro que no lo sé, a veces me parece que estoy perdiendo el tiempo, a veces me parece que al contrario, no hay modo más perfecto, aunque inquieto, de emplear el tiempo: el de esperarte. ¿Sabes rezar?
—¿Qué? —preguntó ella con sobresalto.
—No rezar el padre nuestro, sino pedirte a ti misma, pedir lo máximo de ti misma.
No sé si sé, nunca lo he intentado. ¿Es esto un consejo? —preguntó con ironía.
Él se perturbó:
—Eso creo. Olvida lo que te dije.
(Clarice Linspector: “Aprendizaje o el libro de los placeres” Pág. 49-50)















