
Con las alarmas encendidas, todas, no pasar ni una. Bueno, una, la principal: abrí la ventanita.
No pasar ni una significa mirar/leer con lupa, prejuicios en todo lo alto y la memoria histórica como estandarte.
Da igual, la manipulación es su bandera; empieza a filosofar y en ello se le va la mano, los deditos, terminando eso sí con la afirmación de sentirse víctima. Y se queda tan fresco, como una lechuga. Entonces sí saltan las alarmas, anda ya luz roja, como un bucle y vuelta al punto de salida.
Esta vez busco poner candado a una situación extraña por incomprensible y que dolió mucho en su día.
No quiero quedar “como una señora”, nada de elegancia y buenas maneras. Utilizo, en todo caso, ironía a manos llenas. Tampoco se trata de un ajuste de cuentas, yo ya tengo las ideas bastante claras. ¿Para qué?
Soy consciente de que nadie me empujo, nadie me obligó a actuar (buena definición) y acepto el pasado, pero no quiero regresar a él.
Poner la otra mejilla como que no, gracias. Prefiero la salud.
Pensar que ha cambiado resulta de buenas a primeras una ilusión absurda porque en cuanto siente el suelo un pelín firme, vuelve a las andadas y aquí no ha ocurrido nada.
El futuro no existe, el presente es el que importa y yo ya he elegido. Me falta cortar por lo sano, suponiendo que quede algún residuo.
Comenta que no lo estoy poniendo nada fácil y lleva razón: lo estoy poniendo imposible.
A veces me siento mal porque no me gusta tratar a la gente de esa manera, pero admito que es la única solución que contemplo para alejarlo de mi vida hasta el infinito y más allá.
¿Hay algo peor que dejar de creer a una persona queriendo creerla? Sí, reconocer que de donde no hay no se puede sacar.